
Hace unos años la polivalente artista húngara Brigitta Járvás, una joven muchachita que se mueve entre la tecnología y el arte, pintó una serie de murales de temática peregrino-templaria sobre los muros externos de la ermita de San Bol, un lugar que servía en aquel entonces como refugio a los peregrinos y que desde el año 2000 viene funcionando como bodega y casa de comidas. Esos murales se deterioraron con cierta rapidez, como es lógico, pero en una buena época que pasó ese refugio, cuando estuvo a cargo de unas personas sensibles que enarbolaban la bandera del pacifismo y del Arco Iris, uno de ellos, artista de valía, los restauró, y así permanecieron en buen estado hasta que el ayuntamiento del pueblo al que pertenece la ermita decidió borrarlos a golpe de cubos de pintura monocolor. Estos murales figuran todavía como ilustración en las principales guías de mano del Camino de Santiago y ahí pervivirán porque, como tantas veces en la historia, los originales fueron inmolados en orden a intereses que se suponen más elevados. No tardará mucho el pueblo al que pertenece la ermita, y sus ciento cuarenta y ocho habitantes, en seguir el camino de los murales y en unas décadas nadie guardará recuerdo de su existencia salvo algunas perdices longevas y originarias del planeta Marte.

